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Bulto de sal

DE LA TRADICIÓN UNIVERSAL

Hace tiempo vivía un hombre que tenía mala suerte, la peor de las suertes. Tenía tan mala suerte que en los pocos días de verano, cuando salía de su casa, una nube venía a situarse sobre su cabeza y se ponía a llover, solo para él. Todos sus conocidos —porque amigos no tenía, tal era su suerte —lo llamaban Bulto de sal, lo que con el uso se había convertido en su nombre: Bultoesal. A fuerza de desgracias y sinsabores comenzó a preguntarse por las raíces de su infortunio y se le ocurrió que la culpable de todo era su madre. Es una tendencia muy humana y particularmente masculina, esa de culpar a la madre de todos los males y Bultoesal no fue la excepción. Se fue a ver a su señora madre y le preguntó qué era lo que ella había hecho mal para que su suerte fuera tan negra. 

—¡No señor!, —le respondió la honorable mujer—. Hasta donde yo sé todo lo hice bien. Además, no lo hice sola, su papá y yo todo lo hicimos bien. Mejor dicho: si usted quiere averiguar por qué tiene mala suerte lo que tiene que hacer es hablar con Dios o con el destino—. Como es tan difícil hablar con el destino, Bultoesal se fue a hablar con Dios.

Apenas había dado sus primeros pasos en el camino hacia Dios, cuando se encontró con un lobo. No era un lobo como esos que aparecen, tan a menudo, en los cuentos. Éste era un pobre lobo hambriento, todo pellejo y huesos, mueco, que más que miedo producía lástima. Al ver pasar a Bultoesal, el lobo se atrevió a preguntarle para dónde iba, a lo que Bultoesal respondió que iba a hablar con Dios. Si lo encuentras, por favor pregúntale cómo puedo saciar mi hambre—. Y Bultoesal siguió su camino en busca de Dios.

Al cabo de un trecho, Bultoesal pasó frente a una casa donde había una joven que, con la mirada clavada en el suelo, no paraba de llorar y sollozar. La muchacha lo vio, y entre lágrimas y sollozos, le preguntó quién era y a dónde se dirigía. 

—Soy un hombre que tiene mala suerte —respondió Bultoesal. —Y voy a hablar con Dios para que me dé una explicación. 

—Si lo encuentras pregúntale qué puedo hacer para no estar tan triste —imploró la joven. 

—Así lo haré —concluyó Bultoesal y, sin siquiera pensar en despedirse, siguió.

Más adelante, al lado de un río, había un árbol que en lugar de tener sus ramas erguidas hacia el cielo, las dejaba caer hacia el agua del río. Cuando Bultoesal pasó a su lado, el árbol le preguntó de dónde venía, quién era y para dónde iba. 

—Vengo de mi ciudad, soy un hombre que tiene mala suerte y voy a hablar con Dios —respondió el malaventurado. 

—Si lo encuentras pregúntale cómo puedo calmar mi sed —rogó el árbol.

—No lo olvidaré —dijo Bultoesal—, y apurando el paso se alejó. Después de mucho caminar se encontró con Dios. Le hizo las tres preguntas que le habían encargado, escuchó las respuestas y ya se disponía a irse cuando, en un instante de suerte —hablando con Dios eso le pasa a cualquiera—, se acordó de su asunto y le preguntó por qué él tenía tan mala suerte. 

—Tú tienes mala suerte porque tú te lo has buscado —respondió Dios y desapareció.

Bultoesal se quedó desconcertado y, maldiciendo su suerte, exclamó: tenía que ser yo para que me ocurriera algo nefasto y desafortunado. Voy a hablar con Dios y me dice que yo mismo soy la víctima y el culpable de mi infortunio, eso sí que es tener mala suerte.

De regreso a su ciudad se encontró con el árbol que le preguntó qué había dicho Dios.

—Dios dice que allí donde tus ramas deberían encontrar el agua, hay un baúl escondido lleno de oro y el oro, que puede traer alegría a los hombres, resulta venenoso para los árboles.

—¿No quieres cavar y sacar ese baúl para ti?

—¡Nooo! Yo tengo tan mala suerte que si me pongo a cavar, no lo encuentro. Si lo encuentro, resulta que ya no hay oro. Si de pronto hay oro, le resulta dueño. Y si no, entonces capaz que aparecen por aquí unos ladrones y me matan por quitármelo, mejor dejémoslo allí.Más adelante se encontró con la joven que seguía sumida en su desgarradora melancolía y que le dijo:

—¿Tienes alguna respuesta de Dios a mi pregunta?

—Dios dice que debes buscar compañía en el primer hombre amable que pase frente a tu casa.

La joven miró a Bultoesal y, con una hermosa sonrisa en sus labios, le preguntó si estaría dispuesto a acompañarla. ¡Ni que estuviera loco!, respondió Bultoesal. Si me quedo contigo, con la suerte que tengo, de pronto me enamoro y luego tú te aburres de mí y me abandonas. O te enamoras de otro hombre y me engañas. O te mueres primero que yo y me dejas solo. ¡Es mejor que dejemos las cosas como están! 

Siguió su camino y se encontró con el lobo aquel, que al verlo le preguntó qué había dicho Dios.

—Dios dice que debes comerte al primer imbécil que pase.

Sí, justamente eso, lo que ustedes están pensando, fue lo que ocurrió.

Desde entonces los lobos comen hombres.

Nicolás Buenaventura. 
Publicado en: A contracuento. 
Editorial Norma. Bogotá 2000.
Ilustraciones: Carolina Bernal