Descubrimiento de América

Viajeros que descubrieron el mundo


Pasaron muchos pero muchos años, antes de que los europeos supieran que al otro lado, en mundos lejanos del suyo, había otros hombres, otras lenguas, otras costumbres. Los más intrépidos y aventureros iban descubriendo nuevas tierras y nuevos mares. Los cartógrafos, dibujantes de mapas, los iban añadiendo en sus trazos.

Antes de 1492, Europa no sabía que existía América. Además, nadie sabía cómo ir por mar hasta Asia. El comercio entre esos dos continentes se hacía a pie, a caballo o en camello. A lo largo del interminable camino se comerciaban los productos de un mercader al siguiente, de manera que nadie cubría por completo la ruta —llamada la Ruta de la Seda— que llegaba hasta el interior de China.

Enormes caravanas de camellos cruzaban de allá para acá con seda, piedras preciosas, hierbas aromáticas, perfumes, porcelanas, oro.

En esos antiguos tiempos vivió Marco Polo. Nació en Venecia, hoy una ciudad de Italia, habitada por ambiciosos mercaderes que comerciaban con Oriente. Muy joven, en 1271, emprendió al lado de su padre y su tío un viaje que duró 20 años. Llegó hasta el interior de China, entonces desconocida y misteriosa.

El relato de este viaje dejó a todos boquiabiertos. Nadie podía creer que fuera cierto todo lo que contó en su manuscrito Los viajes de Marco Polo. Habló de raras costumbres, de idiomas incomprensibles, de otras escrituras, de guerreros encaramados en elefantes, de lujosos palacios con lagos en su interior.

Marco Polo aseguró haber visto leopardos y lobos amaestrados. Descrestó a todos contando sus charlas con pintores y filósofos de civilizaciones mucho más adelantadas que las europeas.

El despiste de Colón

Los relatos de Marco Polo aumentaron la ambición de los que soñaban con las riquezas de Oriente. Cristóbal Colón, navegante, al parecer de origen italiano, se apasionó con sus historias. Leyó y releyó su libro. Quería ser el primero en encontrar la ruta marítima que lo llevara a la India y a la China. Le dio por pensar y hacer lo que antes nadie había pensado ni hecho: buscar la ruta navegando hacia el occidente.

No fue un simple capricho. Ya algunos aceptaban que la Tierra era redonda. Los cartógrafos juraban que en este mundo había más tierra que mar y que no existía continente alguno entre Europa y Asia. El viaje —pensó Colón— no sería muy largo. Después de mucho insistir, los reyes Fernando e Isabel de España financiaron su proyecto. Muchos creían que era una locura.

Colón emprendió su viaje doscientos años después de la aventura de Marco Polo. Por esa época, los navegantes conocían muy bien los vientos y hacían conjeturas sobre la velocidad a la que viajaban, observando cualquier objeto que flotara en el agua. Solo tenían la brújula, que les mostraba el norte, el oriente, el occidente y el sur, un cuadrante para medir la altura angular de las estrellas y un reloj de arena para medir el tiempo.

Colón llegó a América en 1492 pero murió sin aceptar que había descubierto un nuevo mundo. Como quería y creía estar en las Indias —así llamaban a Asia en ese momento—, llamó indios a los hombres que encontró en esas “tierras salvajes”.

Alonso de Ojeda fue el primer español que llegó a Colombia. En 1499 desembarcó en la península de la Guajira. Los españoles permanecieron en nuestro territorio un poco más de 300 años.