Desierto del Sahara

Este pueblo andante del desierto del Sahara se desplaza por las arenas de Argelia, Níger, Nigeria, Malí, Burkina Faso y Libia, países del norte africano. Es un pueblo de cerca de 1.400.000 personas dedicadas al comercio entre puntos distantes del desierto, al pastoreo y a la agricultura. La temperatura cambia en un solo día: desde 54° centígrados a temperaturas de heladas en las noches.

Los tuareg del Sahara , los pastores del desierto

El desierto del Sahara cubre ocho millones de kilómetros cuadrados en el norte de África. Sahara significa ’tierra dura’.

Cada mañana, montadas en sus asnos, las mujeres tuareg –tribus de pastores seminómadas que habitan en el desierto del Sahara en el África– parten hacia los pozos y charcas a traer el agua. Los pozos, las fuentes y los pantanos guardan el agua de la época de lluvias; hay también estanques que recogen el agua que sale a borbotones en medio de rupturas en la roca del desierto. Sacan el líquido y van llenando el odre –saco de cuero de cabra– sujeto con cuerdas al lomo del asno.

Los tuareg llevan más de mil años viviendo en este desierto

Antes vivían en campamentos. Hoy muchos se han instalado en pueblos de casas de adobe rudimentario, agrupadas alrededor de un pozo. Antes podían recorrer 1.500 kilómetros buscando pasto para sus animales: vacas y bueyes, camellos, numerosas cabras y ovejas.

Encienden el fuego al romper el día, para hervir el té y mitigar el frío. La primera tarea de los hombres es ordeñar vacas y camellas. Este último es un oficio complicado. Son animales tan altos, que toca hacerlo entre dos o tres hombres: mientras uno sostiene el recipiente, los otros dos ordeñan. A veces, es necesario sujetarlas fuertemente para ordeñar sin peligro. La mujer que ordeña probablemente no tiene marido, hermano ni hijo.

Las vacas –cebúes de talla mediana– son dejadas en libertad y regresan al atardecer junto a la tienda de su propietario. Los terneros y los cabritos son cuidados por pastores expertos. Cada animal pertenece a una persona, pero son administrados en común. El ordeño de cabras y ovejas lo hacen en la tarde. Es oficio de los muchachos. Ellos también, antes de que caiga la noche, amarran a corderos, cabritos y crías de camello de una larga cuerda tendida entre dos estacas. Los rodean con un afarag –cercado espinoso– que los protege de las fieras.

Ciclo de cultivos

Los cultivos los distribuyen en tres ciclos: De noviembre a marzo: trigo, cebada, avena, tomate, albaza –cebolla–, diversas hortalizas y tabaco; de abril a junio, el período más seco: maíz, sandías y melones; de julio a octubre, que incluye la estación de las lluvias, maíz, mijo –grano con menos proteína que el trigo– y sorgo. El riego se hace a partir de un pozo –anu– achicado con la ayuda de un buey o camello. El agua se recoge en un odre y se vierte en la red de canales. No se requiere cavar muy hondo para plantar las semillas.

Los tuareg tratan de que sus cabras nazcan en la estación de las lluvias, cuando la vegetación todavía es abundante. Para lograrlo, ligan los penes de los machos por largas temporadas. En algunas regiones, para que el rendimiento lechero de las cabras sea el mismo durante todo el año, limitan las camadas a una por año y dividen el rebaño en dos grupos: las cabras del primero paren durante la estación de las lluvias, y las del segundo, durante la estación seca.

Un viento implacable –el hormatán–, que convierte el aire del desierto en un velo por el que se ve el sol como un disco pálido, marca el fin del invierno y la llegada del calor abrasador del largo verano.

El viento genera remolinos de arena y pequeñas piedras que tapan ojos, oídos y nariz. La temperatura puede subir en el día a los 50 grados, y en la noche, bajar a menos 5 grados.

Tuareg –el plural de targui– en árabe significa ‘los que abandonan’. El targui se llama a sí mismo imonagh, ‘el que es libre’.

Cuando la sequía se prolonga por varios años, el pasto desaparece del todo y muchas veces el targui prefiere sacrificar sus animales, antes que verlos morir de hambre y sed.

Para no perderse en ese mar de arena, los tuareg se orientan por las estrellas y por las ondas en la arena.

Vivienda

Las tiendas son rudimentarias: plantan varas de madera y sobre ellas ponen esteras; encima de éstas colocan un entramado de palos que cubren con pieles de camello, cabra o lienzos de algodón.

Transporte

Sin camello es imposible vivir en el desierto. A partir de los tres años, y después de un largo trabajo para domarlos, los montan. Usan delicadas sillas que colocan colgadas de la joroba del animal. En pequeñas carreras lo van familiarizando con los distintos pasos: trote corto, trote largo. Finalmente, se castran para que sean una montura dócil y se les agujerea la nariz para pasar una tira de cuero; es como la brida de los caballos.

El camello puede vivir hasta veinticinco años. Aguanta siete días sin agua y hasta 50 kilómetros por día con su paso lento y bamboleante, con una carga de 150 a 200 kilos.

El caballo es un animal exótico en el desierto. No existen propietarios exclusivos. Hasta 12 personas pueden ser dueñas de uno. Cada quien tiene la obligación de reservar, de la ración familiar, una porción de mijo o de sorgo para alimentarlo y tiene derecho a guardar el caballo durante un mes, o tres, de acuerdo con las ‘partes’ del animal que posea.

El asno es el auxiliar indispensable del nómada, es el porteador por excelencia de agua y madera. Es la bestia de carga ideal y la montura de los pobres. Se castra para que sus rebuznos no alteren la tranquilidad de los campamentos.

Vestido

Las mujeres van con la cara enmarcada con un pañuelo azul añil y maquilladas con polvo de piedra rojiza u ocre de las montañas.

Los hombres llevan en la cabeza un velo azul de algodón –taguelmoust o litham–. Con él se cubren la cabeza y parte de la cara, se lo enrollan como un vendaje. Sólo dejan libres los ojos; así visten a diario. Por eso los llaman los hombres ‘del velo en la cabeza’. Cuando comen, estando en compañía de alguien más, descubren la boca y, una vez han comido, la vuelven a tapar.

El té en el desierto

Cuando cae la noche, es la hora de reunirse alrededor del té y de los cuentos. La mayoría de las narraciones tiene una enseñanza y a veces terminan en una moraleja. Casi todos los tuareg saben componer versos y entablan duelos poéticos. Los jóvenes se lanzan puyas que hay que saber responder con elegancia. Los grandes poetas tienen por socio a un enabald, que se aprende de memoria sus poemas y los interpreta correctamente. Este socio es, además, confidente del poeta, le ayuda y critica cuando compone sus versos. Un gran poeta suele tener varios asociados a lo largo de su vida, para garantizar la transmisión de sus poemas generación tras generación.