La amistad de Damón y Pitias

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La amistad de Damón y Pitias

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Anónimo

Damón y Pitias habían sido siempre excelentes amigos. Desde la infancia y cada cual confiaba en el otro. Eran el símbolo de la amistad.

Vivían en la ciudad de Circoza, en Sicilia, donde reinaba Dionisio el tirano.

Dionisio era tan cruel, que quien lo enojara era condenado a muerte de inmediato. Cierto día se encolerizó con un joven llamado Damón por haberse quejado de sus crueldades, y lo condenó a la pena de muerte. Antes de morir, Damón suplicó al tirano que le dejara ir a ver a su mujer y a sus hijos. Dionisio se burló de semejante pretensión.

—Si te soltara, no volvería a verte.

Damón le dijo que tenía un amigo, Pitias, que se quedaría de rehén mientras regresaba. Pitias, en efecto, se presentó ante el tirano para ofrecerse de rehén.

—Si Damón no vuelve —dijo—, moriré yo en lugar de mi amigo.

Dionisio quedó maravillado de que existiera un hombre que amara tanto a su amigo, y concedió seis horas a Damón.

Damón creyó que bastarían cuatro horas. Pero más de seis horas pasaron sin que Damón apareciera. Pitias estaba dichoso, pues deseaba ardientemente que Damón no regresara y salvara la vida pues debía velar por su familia. Amaneció el día fatal, y a la hora de la ejecución se presentó Dionisio para ver morir al rehén.

Con ánimo tranquilo se preparó Pitias para la muerte.

—Mi amigo— dijo, habrá tenido algún accidente o estará enfermo.

En ese instante llegó Damón y abrazó a su amigo. Estaba rendido de fatiga y llevaba el traje sucio por el viaje.

Su caballo había muerto y tuvo que conseguir otro para llegar a tiempo y salvar a Pitias. Pero Pitias suplicó a Damón y al tirano que le permitieran morir por su amigo.

Dionisio no había visto jamás tanta lealtad. Le parecía que éste era un rasgo hermoso que no creía que existiera en el mundo: una amistad que acogía gustosa la muerte, si la muerte podía ayudar a un amigo.

Se le oprimió el corazón. Necesitaba hombres como aquellos para tenerlos como amigos. Entonces, se dirigió a Damón y Pitias, les estrechó las manos y los dejó libres mientras les suplicaba que le permitieran participar de su amistad.