La historia de la ceiba que no dejaba ver el sol

REGIÓN AMAZÓNICA / MITO TIKUNA

Hace mucho tiempo, la selva era oscura, el sol no llegaba hasta el suelo y reinaba la tristeza y el silencio. Wone, la gran ceiba, vivía en el centro del bosque, su tronco era tan grueso que se tardaba varios días para darle una vuelta, y era tan alto que llegaba hasta el cielo, hasta las estrellas, y sus frondosas ramas se extendían sobre toda la inmensidad de la selva.

Abajo, en la selva, siempre estaba oscuro, hacía mucho frío, los animales vivían tristes, no había flores ni colores ni alegría. No había sol.

Yoí e Ipi, los primeros hombres tikunas, un día invitaron a todos los animales de la selva para tumbar a Wone. Reunidos allí, emprendieron la tarea, los jaguares con sus garras, los caimanes y las borugas con sus dientes, las hormigas con sus tenazas… todos los animales ayudaban. Al final de la jornada, se fueron a descansar, y al regresar al siguiente día, Wone, que era un árbol mágico, estaba como si nada hubiese pasado y su tronco había cicatrizado. Los animales comenzaron nuevamente su trabajo, esta vez con más empeño, pero al siguiente día, Wone estaba otra vez intacta. 

Así que entre todos decidieron trabajar sin descanso hasta cortar todo el tronco de Wone. Por supuesto tardaron muchos días en lograr talar el inmenso tronco de la gran ceiba. Llegó el día en que sólo faltaba cortar el último trozo de madera, en el centro. El veloz conejo fue hasta allí para cortarlo con sus dientes, mientras los demás animales corrían a refugiarse en la selva antes de que cayera. Sin embargo, reinó el silencio por un buen rato. Los curiosos animales comenzaron a aparecer poco a poco alrededor de Wone, que para sorpresa de todos no había caído y flotaba sobre el húmedo suelo de la selva. El desconcierto y la algarabía se apoderaron entonces de los animales que opinaban y gritaban sobre lo sucedido.

En medio de aquel ruido se oyó el canto del Aypapai mama, una avecita nocturna que siempre está mirando al cielo, y cuya voz, en noches de luna, resuena en la selva. Y su canto contaba lo que había descubierto. Arriba, en la lejana copa de Wone estaba Mareeke, el oso perezoso, que con sus patas delanteras se aferraba de una estrella y con sus patas traseras sostenía a Wone, por lo que ésta no caía. Encargaron entonces a la ardilla pequeña, la más veloz de todas, de subir hasta donde Mareeke, para pedirle que soltara el árbol, pues los animales allá abajo se morían de frío y aburrimiento.


Pero Mareeke se opuso a dejar caer a Wone, pues Gnutapa, creador del universo tikuna, le había encargado esta labor y el abuelo perezoso no podía fallarle. Así que la ardilla bajó por el tronco de Wone para llevar la noticia. Decidieron que la ardillita regresara hasta la copa del árbol, esta vez con hormigas majiñas y tabaco, para echarle a Mareeke en los ojos. La ardilla volvió a subir por el tronco, y tardó varios días en llegar hasta la copa, y encontró que Mareeke estaba dormido. La ardillita habló al abuelo perezoso, lo despertó y éste volvió a negarse. Entonces la ardilla arrojó las hormigas majiñas y el tabaco en los ojos de Mareeke, quien no pudo resistirse al ardor que le producían las picaduras de las hormigas y el tabaco, y soltó la estrella de la que estaba aferrado.

Wone tardó varios días en caer, y a medida que esto sucedía, el sol iba entrando en la selva como un amanecer. La vida empezó a reír, las plantas florecieron, los animales cantaban y la selva se llenó de sonidos y de magia. Las ramas de Wone cayeron en la gran cordillera de los Andes, rasgando la tierra de las montañas, de donde brotó agua, y el inmenso tronco cayó con tanta fuerza en el centro de la selva que formó el cauce de Ta—t, el gran río Amazonas.

La historia cuenta que una de las ramas al caer golpeó la cola de la ardilla, y es por esto que hoy en día todas las ardillas tienen la cola partida hacia adelante.

Ilustración: Alejandra Estrada