Polinesia

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Polinesia

Polinesia es un ramillete de islas desparramadas en el océano Pacífico.
Hace parte de Oceanía, conformado por más de 25.000 islas.
Sumadas dan un territorio de 8.900.000 kilómetros cuadrados.
En ellas habitan 53 millones de personas.

Miles de boronas sobre el mar

Polinesia quiere decir en griego ‘muchas islas’. Y así es esta región del océano Pacífico: miles de islas, unas de origen volcánico, otras coralinas –formadas por acumulación de los esqueletos calcáreos de los corales–, y muchos atolones –islotes y arrecifes coralinos en anillo que encierran una laguna central–. Están dispersos en un área de más de 30 millones de kilómetros cuadrados en el océano Pacífico. Desde el aire se ven como boronas flotando en medio del mar. Entre una y otra, puede haber cientos o miles de kilómetros. Unidas sumarían tan sólo 40 mil kilómetros cuadrados; menos de la mitad de la isla de Cuba.

A veces aparecen en grupo formando archipiélagos, grupo de islas, como el de Hawai. Con ocho islas volcánicas; la mayor de ellas, Hawai, está actualmente en formación con la lava que botan cinco volcanes. Tonga es otro archipiélago. Tiene 169 islas, sólo 96 están habitadas. La agricultura es su principal actividad económica. Todo hombre, por ley, tiene derecho a una parcela.

Al nativo de Polinesia se le dice ma’ohi o maorí. Son hábiles pescadores y navegantes. Conocen las estrellas, las mareas, las corrientes y los vientos. Desde tiempos remotos, los navegantes polinesios no temen perder de vista la tierra firme. Antiguamente elaboraban ‘mapas’ detallados de la zona. Señalaban con ramas las corrientes marinas y los vientos; las islas con conchas.

Los ma’ohi conocen como ninguno el comportamiento de los peces. En un calendario codificaron los movimientos y las costumbres de diferentes especies marinas, con el fin de facilitar su captura.

En las islas ubicadas al norte, pescan más que todo atún; al sur, son expertos en atrapar tortugas.

Para la pesca en las lagunas de los atolones, se valen de una azagaya –especie de arpón–. En mar abierto, usan anzuelo. Es redondo, con la punta curvada hacia adentro, para evitar que se enganche en los corales. Usan también un anzuelo con señuelo brillante de nácar –una de las tres capas de ciertas conchas marinas–; es muy efectivo.

Para viajes cortos todavía utilizan piraguas –canoas grandes, largas y estrechas– con balancín, un flotador lateral que les da mayor estabilidad. Son hechas de un solo tronco del árbol del pan. Para viajes largos, le adaptaban velas a las piraguas de remo.



Las piraguas o canoas de doble casco son consideradas como la más bella conquista de los ma’ohi. Sin esas canoas dobles, no habría sido posible vencer los fuertes oleajes del Pacífico. Son dos piraguas de más de 30 metros de longitud, unidas por un puente que puede medir 20 metros de longitud por 10 de ancho. En la proa, una plataforma elevada, sirve para escrutar el horizonte.

Los pueblos polinesios hablan una gran variedad de lenguas, 733 según los estudiosos, pero todas con raíces comunes.

Muchas de las islas son aún colonias europeas o norteamericanas; otras forman países. La república de Kiribati son 33 atolones coralinos y una isla volcánica, Banaba. En total, tiene 100.000 habitantes.

Tuvalu es una isla–nación de nueve atolones coralinos. Después del Vaticano es la nación independiente con menor número de habitantes: 11.642. Como su punto más alto alcanza sólo cinco metros sobre el nivel del mar, viven permanentemente amenazados por las olas marinas. Sus habitantes siempre están listos para evacuar, en caso de emergencia.

Una vieja costumbre polinesia es sembrar árboles de pan. Los viejos siembran un árbol por cada hijo: así tendrán comida para toda la vida, piensan. Al lado del árbol de pan, siempre se siembra plátano, coco, taro –un tubérculo pariente del ñame y la yuca–.

Del árbol del pan se aprovecha todo: las raíces, las flores y las hojas tienen poder medicinal. El tronco, de madera liviana, sirve de materia prima para hacer canoas, remos, embarcaciones, construcciones...

Los estambres de las flores se queman para alejar los mosquitos. El árbol se reproduce por vástagos y alcanza la madurez a los seis años. Su ciclo productivo dura más de 50 años y da tres cosechas en el año. Este árbol de tronco recto, corteza lisa y hojas grandes, alcanza hasta los 20 metros de altura. Sus frutos pueden pesar 2 kilos y medir 30 centímetros de diámetro. Son ricos en fécula, carbohidratos, calcio, hierro, fósforo y vitaminas. Los frutos deben comerse verdes, sean tostados, guisados o fritos.

Alimentación

La comida tradicional es asada en umu –un hueco en la tierra–. En el fondo se colocan piedras calentadas al fuego. Sobre ellas se pone el pescado y los tubérculos envueltos en hojas de plátano. Luego se recubre todo con hojas, tierra o arena. A las dos horas, el cocinado está listo. Antiguamente las bebidas las calentaban introduciendo en el líquido una piedra caliente.

Vivienda y organización social

Las casas de los nativos son abiertas por todos lados, para que sean bien ventiladas. Usan cortinas hechas con hojas de cocotero trenzadas. Las abren o cierran según el sol y los vientos. Las paredes, hechas con cañas de bambú o madera, permiten el paso libre de la brisa.

Los polinesios son muy hábiles para elaborar canastos y esteras. Tradicionalmente una estera sirve de colchón para dormir. Para defenderse del frío nocturno, usan cobertores elaborados con finas cortezas de los árboles.

Los espacios son amplios para dar cabida a la familia polinesia autóctona, que se caracteriza por ser extensa. No existen tíos ni primos: todos son hermanos y los adultos son padres y madres, sin importar de quién son realmente los hijos. Es frecuente encontrar grupos familiares de 50 personas viviendo bajo el mismo techo o conformando pequeños caseríos.

Hay islas donde aún es normal el matrimonio de una mujer con dos o tres maridos. En otras, tres o cuatro mujeres comparten, por ejemplo, doce maridos. Es un matrimonio en grupo. El jefe de familia es el más anciano.

Los maestros hawaianos, llamados kumu –por lo general las personas más ancianas de la comunidad– transmiten a los jóvenes el conocimiento de la lengua nativa, las técnicas para la pesca, para ‘montar olas’, para realizar las travesías por mar abierto, el arte de leer las estrellas para no perder la ruta, el cultivo del taro.

Música - Folklor

Al sonido de tambores y flauta –soplada por la nariz–, se ejecuta el hula, danza artística que narra la historia y los mitos de la creación de las islas. Con movimientos de cadera, piernas, brazos y manos, simbolizan los movimientos de las aves, de los árboles, de las olas, de la actividad volcánica, de las faenas de pesca.

Para los hawaianos la ‘monta de olas’ –he’enalu–es un deporte que practican de pie sobre una tabla desde hace siglos. Para otros, es un deporte conocido como surf.

En las grandes travesías de antaño, sobre el puente de las piraguas de doble casco, las mujeres mantenían fuego permanente encendido. La fogata –rodeada de piedras volcánicas– se hacía en un platón que, a su vez, se metía en otro platón lleno de agua, para evitar incendios. Servía para preparar la comida y para calentarse durante las largas noches de guardia. En el mar abierto esta gran canoa se convertía en su isla flotante. Llevaban animales, víveres, plantas –especial- mente vástagos del árbol del pan–, aperos de pesca. Navegaban miles de kilómetros por el mar abierto con la única guía de las estrellas.