Tercera carta a Gertrude

Lewis Carroll (Inglaterra 1832 – 1898)

Mi queridísima Gertrude:

Sentirás pena, sorpresa y desconcierto cuando sepas la extraña enfermedad que tuve desde que te fuiste. Llamé al medico y le dije: déme alguna medicina porque me siento cansado. El contestó: ¡tonterías! ¡Usted no necesita medicinas, métase en la cama! Yo insistí: no, no es esa clase de cansancio que se cura metiéndose en cama. Tengo cansada la cara. El se puso serio y me dijo: lo que usted tiene cansado es la nariz; una persona suele hablar demasiado cuando cree que tiene mucho olfato. Yo le dije: no, no es la nariz. Quizás es el pelo. Entonces él se puso más serio y contestó: ahora lo entiendo, se ha desmelenado usted tocando el piano. No, le aseguro que no lo he hecho, repuse. Y no es exactamente el pelo, es más bien entre la nariz y la barbilla. Entonces él se puso todavía más serio y dijo : ha estado usando mucho la barbilla últimamente ?.

Yo dije: no!. Vaya!, dijo él, esto me desconcierta mucho.

¿Cree usted que se trata de los labios? Claro!, dije. Se trata exactamente de esto!. Entonces él se puso más serio y dijo: creo que ha estado usted dando demasiados besos. Bueno, dije, le di un beso a una amiguita mía. Piénselo bien, me dijo él, ¿está seguro de que fue solo UNO? Yo lo pensé bien y dije: quizá fueron once. Después el médico dijo: no tiene que darle más besos hasta que sus labios hayan descansado. Pero, qué voy a hacer, dije, porque verá, yo le debo todavía ciento ochenta y dos besos más. Entonces él se puso tan serio que las lágrimas le corrieron por las mejillas, y dijo: puede mandárselos en una caja. Y entonces me acordé de la cajita que había comprado una vez en Dover, con la idea de regalársela a alguna niña. Por lo tanto los he guardado allí con mucho cuidado. Dime si han llegado bien o si se ha perdido alguno por el camino.

Te quiere,

Lewis